Antes de que las máquinas sacudieran los olivos, miles de familias andaluzas dependían de sus propias manos para recoger la aceituna. No había vibradores mecánicos ni tractores preparados para recoger el fruto como los conocemos hoy. Había varas, espuertas, frío y jornadas de trabajo que comenzaban muy temprano.
Era la Andalucía de los años sesenta. Para muchos hogares rurales, la campaña de la aceituna representaba una de las principales oportunidades de conseguir ingresos. Hombres, mujeres y, en algunos casos, menores participaban en una actividad que exigía un enorme esfuerzo físico.
Aquella generación conoció un olivar muy diferente al actual. Su historia permanece en fotografías, archivos audiovisuales y recuerdos familiares que permiten reconstruir cómo se trabajaba en el campo hace seis décadas.
Así comenzaba una jornada de aceitunas en los años sesenta
En muchos pueblos olivareros, la jornada comenzaba antes de llegar al tajo. Los trabajadores tenían que desplazarse hasta las fincas, frecuentemente a pie y soportando las bajas temperaturas del invierno.
El archivo histórico de Canal Sur conserva imágenes de la recolección de aceitunas en Martos, Jaén, durante 1967. En ellas se documenta una realidad marcada por las cuadrillas de jornaleros, el trabajo manual y herramientas que hoy han perdido gran parte de su protagonismo.
Los trabajadores utilizaban calzado tradicional, como albarcas y peales, para protegerse durante sus desplazamientos y las horas de trabajo.
La campaña no seguía el mismo calendario que muchas recolecciones actuales. Tradicionalmente, una parte importante de la recogida comenzaba en diciembre y se prolongaba durante el invierno, dependiendo de la zona, la maduración del fruto y las condiciones meteorológicas.
En Martos, por ejemplo, la Fiesta de la Aceituna continúa celebrándose en torno al 8 de diciembre, una fecha estrechamente vinculada al comienzo tradicional de la campaña.
Aquellos meses podían determinar buena parte de la economía familiar. La disponibilidad de trabajo dependía de la cosecha y de las necesidades de los propietarios, en un contexto en el que numerosos hogares rurales tenían pocas alternativas de ingresos.
Varas, espuertas y manos: cómo se recogía la aceituna
La recolección tradicional exigía una organización precisa de las cuadrillas. Cada trabajador desempeñaba una función y el resultado dependía de la coordinación del grupo.
Los vareadores golpeaban las ramas de los olivos utilizando largas varas para desprender las aceitunas. El fruto caía al suelo o sobre los mantos colocados bajo los árboles, según el sistema empleado.
Después comenzaba otra parte especialmente laboriosa: recoger las aceitunas, separarlas de hojas y pequeñas ramas y prepararlas para su transporte.
Las espuertas, los sacos y los recipientes de medición formaban parte del equipamiento habitual.
En algunas zonas se utilizaban medidas tradicionales como la cuartilla, que permitía contabilizar la cantidad de aceituna recogida. Este sistema adquiría una importancia especial cuando la remuneración estaba relacionada con el rendimiento del trabajador.
Una fotografía de 1965 conservada por el cronista de Lopera, en Jaén, muestra una cuadrilla integrada por personas de diferentes edades. En la descripción histórica de la imagen aparecen espuertas elaboradas con varetas de olivo y trabajadores que recogían aceitunas sin guantes ni rodilleras.
Aquellos utensilios y formas de trabajo recuerdan hasta qué punto la fuerza física era imprescindible para completar la campaña.
Las mujeres aceituneras: el trabajo más duro y menos reconocido
Una parte fundamental de esta historia pertenece a las mujeres.
Durante décadas, miles de aceituneras participaron en la recolección, especialmente en las tareas de recogida del fruto caído. Era una labor que exigía permanecer agachadas o arrodilladas durante largos periodos, a menudo sobre terrenos húmedos y bajo temperaturas bajas.
La organización ambiental SEO/BirdLife documentó el papel histórico de las mujeres en el olivar andaluz, destacando su elevada presencia en las cuadrillas hasta los años sesenta.
Su jornada tampoco terminaba necesariamente al regresar del campo. Muchas asumían después las tareas domésticas, la preparación de alimentos y el cuidado de sus familias.
La diferencia entre hombres y mujeres no se limitaba al reparto de funciones. También existieron desigualdades salariales y dificultades para acceder a determinados trabajos.
La memoria del olivar no puede entenderse únicamente a través de los vareadores. También pertenece a aquellas mujeres que pasaban horas recogiendo aceitunas del suelo y cuyo esfuerzo no siempre recibió el mismo reconocimiento.
El 15 de octubre de 2026, coincidiendo con el Día Internacional de las Mujeres Rurales, UGT Jaén volvió a reclamar igualdad de oportunidades en el sector, recordando que el reconocimiento del trabajo femenino sigue siendo una cuestión relevante.
¿Cuánto cobraban los jornaleros y cómo se organizaban las cuadrillas?
Las condiciones económicas de la recolección variaban según la provincia, la explotación agrícola, la época y el sistema de contratación.
En determinados trabajos, la cantidad de aceituna recogida influía en la remuneración, mientras que en otros se establecían jornales por día.
El archivo de Canal Sur sobre Martos recuerda la importancia de llenar la cuartilla y la distribución del jornal entre quienes vareaban y quienes recogían el fruto.
No existe una cifra única que permita afirmar cuánto cobraba cualquier aceitunero andaluz en 1965. Para establecer salarios concretos sería necesario consultar convenios, registros de contratación y documentación local de cada campaña.
Lo que sí muestran los documentos históricos es una economía rural profundamente vinculada al rendimiento de la cosecha.
En aquellas circunstancias, cada jornada trabajada podía resultar decisiva para el presupuesto familiar.
La recolección también tenía una dimensión social. Las cuadrillas reunían a vecinos y familiares durante semanas. El trabajo compartido favorecía la convivencia, las conversaciones y las relaciones personales, aunque todo ello transcurría dentro de una actividad físicamente exigente.
La llegada de las máquinas cambió para siempre el olivar
La transformación no ocurrió de un día para otro.
Durante los años sesenta comenzaron a introducirse cambios en las herramientas y sistemas de recogida. Los mantos y otros dispositivos fueron modificando algunas tareas, mientras la mecanización avanzaba progresivamente.
El archivo de Canal Sur recoge un episodio significativo: en 1967 se presentó en Jaén una máquina cosechadora integral de patente italiana, una muestra de las innovaciones que comenzaban a llegar al sector.
Con el paso de las décadas se extendieron los vibradores mecánicos, los sistemas de recogida asistida y los tractores adaptados a las necesidades del olivar.
Estas tecnologías redujeron parte del esfuerzo físico y transformaron la organización de las cuadrillas.
También cambiaron las oportunidades laborales. Algunas tareas que tradicionalmente realizaban las mujeres dejaron de necesitar tanta mano de obra, contribuyendo a modificar su participación en la recolección.
En las explotaciones tradicionales, especialmente en terrenos pendientes o de difícil acceso, la mecanización continúa presentando mayores dificultades que en los olivares preparados para trabajar con maquinaria.
El legado de aquella generación sigue presente en cada cosecha
Hoy, el sector olivarero ha cambiado profundamente. Las almazaras modernas permiten controlar los procesos de elaboración y los productores pueden elegir momentos de recolección diferentes según sus objetivos.
Por ejemplo, para obtener un aceite verde de cosecha temprana, las aceitunas se recogen cuando todavía están verdes, buscando determinadas características sensoriales, aunque esto suele implicar un menor rendimiento graso.
Las nuevas técnicas permiten elaborar aceites con perfiles muy diferentes, pero el conocimiento del olivar continúa siendo fundamental.
Detrás de los avances técnicos existe también una historia de agricultores que trabajaron durante décadas para mantener sus tierras y sacar adelante a sus familias.
Esa memoria forma parte de la identidad de PODERÍO y su historia familiar, una marca nacida en la Subbética cordobesa como homenaje a la generación que dedicó buena parte de su vida al campo.
Su aceite de oliva virgen extra de cosecha temprana, sin filtrar, representa una manera actual de mantener el vínculo con esa tradición.
Porque el olivar andaluz no es solamente un paisaje agrícola o una actividad económica. También es la historia de familias enteras que encontraron en la tierra su medio de vida.
Las máquinas transformaron la forma de recoger las aceitunas. Lo que permanece es el legado de quienes lo hicieron posible con sus propias manos.


